El reflejo de mi

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Ojeaba las estanterías paseando su mirada por los objetos, todos revueltos y cubiertos de polvo. Era tan distinto buscar antigüedades entre las bonitas tiendas, espaciosas y pulcras de la capital, que a pesar de ser una experta en encontrar auténticas gangas se sentía bastante fuera de lugar, como una novata ante su primera compra.Un cliente le había recomendado esta tiendecita y ella había recorrido más de seiscientos kilómetros para ver qué podía ofrecerle ese gracioso viejecito que cumplía todos los tópicos de su profesión. Era cierto que encontró buenos objetos, pero estaba todo en tan mal estado…una de las cosas que más deprecia una antigüedad es su mala conservación. El anticuario debió observar su cara de decepción, porque con una media sonrisa le dijo: “Veo que usted no es tonta, tengo cosas mejores abajo, espere un momento”. Y desapareció por la puerta que daba al trastero. Mientras esperaba continuó explorando la tienda, apartando objetos para alcanzar algunos que quedaban medio ocultos por otros y pasando el dedo por las capas desuciedad, “que desastre” se dijo mientras abría los cajones de un secretaire estilo Luis XVI. En uno de ellos encontró un espejo de plata labrada, lo cogió y un escalofrío le recorrió toda la espina dorsal, estaba ante algo bueno, lo sabía, había algo en su cuerpo que le avisaba cuando encontraba un pequeño tesoro, lo giró, pero no pudo ver su reflejo por la cantidad de residuos que había acumulado la superficie, y sin embargo, no podía soltarlo. Al oír que el anticuario subía por las escaleras volvió a dejarlo en el cajón. No sabía porqué hizo eso, pero cuando el dueño de la tienda llegó arriba, antes de que pudiera siquiera comenzar a enseñarle lo que había traído, un puñado de camafeos y joyas antiguas, de juegos de pluma y tintero y sellos reales, le espetó:
“Encontré lo que buscaba, quiero el secretaire Luis XVI, necesitará algo de restauración, pero es un gran modelo”. “
Es una buena elección, Srta. Fuentes, muy buena, ¿no quiere mirar también algo de esto?”
“No, gracias” le habían entrado las prisas “¿cuánto es? ¿Puedo llevármelo ahoramismo? He traído la furgoneta”
“¿No prefiere que se lo mande a su estudio, bien embalado, para que no sufra ningún daño?” “No, tengo aquí todo lo necesario, me gustaría llevármelo ya, sinceramente, no puedo evitar querer tenerlo en casa cuanto antes” (y ese espejito también, pensó.)
“De acuerdo, hablemos de dinero entonces, Srta. Fuentes, no me extraña que una vez que lo ha observado más atentamente no quiera separarse de él” dijo sonriendo.
Y esa enigmática sonrisa y el hecho de que le hiciera tan buen precio, dejaron aAlejandra un poco desconcertada, pero en cuanto volvió a pensar que se llevaba el espejo en el cajón, su orgullo y satisfacción se sobrepusieron a cualquier otro sentimiento. Una vez en la ciudad, se dirigió primero a la galería para dejar el secretaire en el sótano hasta que fuese restaurado, no sin antes recuperar el espejo del cajón. Cuando llegó a casa sacó su equipo personal de restauración y empezó a trabajar en la superficie del objeto. Trabajó en él toda la noche, y las noches siguientes. Empezó limpiando el cristal, pero justo cuando empezaba a vislumbrarse algo debajo de toda aquella mugre un nudo en el estómago le impidió seguir por ahí, entonces continuó con los labrados
del marco y el mango. Era una plata muy fina y cuando lo encontró en el secretaire su primera impresión fue que era de la misma época que el mueble, pero mirándolos con más atención, ahora que gracias a la minuciosa limpieza de Alejandra comenzaban a verse los grabados, éstos no parecían corresponder a esa época, parecían mucho más antiguos. Lo que a primera vista parecían florituras y arabescos, en realidad eran dibujos mucho más elaborados que parecían representar letras de algún alfabeto desconocido para ella. En cuanto pudo dejar bien limpios algunos de esos símbolos los copió en una hoja de papel que escaneó para poder buscarlos por Internet. Eran ya más de diez noches las que llevaba dedicada al espejo entre la limpieza, restauración y clasificación del objeto. Había descubierto que las letras que encontró eran una extraña mezcla de sarraceno, caldeo antiguo y egipcio de la primera dinastía, pero a pesar de ello seguía sin poder descifrar las inconexas palabras. Eso tampoco laayudó a datar el espejo, porque era evidente que no podía ser tan antiguo, esa aleación de plata no se usaba antes, era plata muchísimo más pura. Incapaz de seguir por ese camino continuó limpiando la superficie del cristal que había dejado abandonada. Cuidadosamente terminó de pulirla hasta que su reflejo apareció resaltado por el precioso marco de plata.
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Cogió el prendedor de oro y rubíes y lo colocó sobre su peinado dejando que los bucles rozasen indolentemente sus hombros descubiertos. Era la nueva moda y Alexandra se veía bellísima reflejada en su pequeño espejo. Todavía no podía creerse cómo había conseguido que la estúpida de Isabella se lo regalase. Sabía que la odiaba y el sentimiento era mutuo. Era tan altiva, tan cerrada, pero si no hubiera sido por el matrimonio de sus padres ahora viviría en un hospicio, mucho nombre y nada de dinero. Ahora podía volver a vestirse con lujosos trajes en lugar de remendar una y otra vez las viejas glorias familiares. Y todo eso gracias a su padre. Alexandra quería mucho a su padre pero aún no podía comprender por qué había decidido casarse con esa mujer, bueno, ella no era mala del todo, pero emparentar con esa familia de estirados… “Es un nombre, pequeña, es política, ahora tienes títulos, ahora no hay nada que no puedas ser” la repetía y ella asentía y callaba y obedecía, pero no le perdonaba que hubiera metido en casa a esa insoportable hija de su nueva madrastra, a esa Isabella. Era hora de salir, era la invitada de honor de la fiesta, una fiesta por su decimoséptimo cumpleaños, se levantó del tocador y se atusó el vestido. Le demostraría a Isabella quién llevaba la cabeza más alta. Antes de cruzar la puerta de la habitación le echó un último vistazo al regalo de su hermana. Ese espejo era precioso, se lo había pedido infinidad de veces desde que vivían juntas, e Isabella jamás le había dejado siquiera tocarlo y ahora ella se lo había regalado por su cumpleaños, seguramente, obligada por su madre, para apaciguar los ánimos y romper la tensión que se respiraba en la casa. Pero eso ya era imposible, la rivalidad entre las dos  era insuperable.
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Alejandra soltó el espejo, ¿Qué significaba todo eso? No había sido un sueño, lo había visto todo a través del espejo, pero también sintió lo que esa joven sentía, sus pensamientos, sus secretos, el odio visceral hacia su hermanastra, estaba allí, en la habitación, era ella, siendo consciente de que no lo era. Se fue a la cama, el cansancio, demasiadas noches en blanco, cualquier excusa era buena para explicar lo inexplicable. Pero no consiguió dormir, daba vueltas y patadas a las sábanas que le oprimían. Acabó levantándose y se acercó a su estudio, con paso trémulo, con miedo y curiosidad a la vez. Ahí estaba, como lo había dejado, boca abajo, acarició el mango, pasó los dedos por la sinscripciones, y respirando profundamente lo cogió y lo giró.
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Desde el día de la fiesta Alexandra no era la misma, el corsé le oprimía más, sus desmayos eran más frecuentes y las sales rara vez funcionaban a la primera. Llevaba una semana recluida en su habitación, bajo el descanso absoluto que le había recetado el doctor. Pero no mejoraba, estaba más pálida, tanto que no hubiera tenido que usar  polvos de haber tenido que presentarse en sociedad, más ajada, era como si a partir del día que cumplió los diecisiete, cada día hubiera sido un año, o más. Y ella no podía dejar de observar su deterioro en el espejo, vivía pegada a él, dormía con él y se miraba, su dulce rostro parecía ahora el de una bruja. Isabella entró un día en su habitación, se sentó al lado de su cama, le ahuecó candorosamente las almohadas y se acercó para besarla en la mejilla: “Cuidado con lo que deseas, hermana…”, le besó de nuevo en la frente y salió de la habitación. Con esas palabras otros diez años habían caído sobre las espaldas de Alexandra.
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Alejandra también miraba a diario el espejo y veía enfermar a ese reflejo de ella, que no era ella. Y también se sentía más débil y más cansada. Llevaba una semana sin pasarse por la galería, en parte porque no podía resistir la tentación de mirar continuamente el espejo, y en parte porque no hubiera tenido fuerzas de llegar más allá del umbral de la puerta. Se había concentrado tanto en lo que veía, que olvidó lo que el espejo la había dicho antes de poder admirar su reflejo. Pero cuando sintió el aliento de Isabella en su propia cara el día que entro a hablar con Alexandra, supo que debía volver al principio, a antes de que se dejase engañar por lo que veían sus ojos y sentía su cuerpo a través del cristal, debía volver a lo que la hizo sentir el mango cuando lo cogió, a sus ideas sobre la pureza de la plata, y los símbolos dibujados en ella, y averiguar, si, el espejo escondía algo más que una rivalidad entre hermanastras. Sabía que el espejo era la causa de la enfermedad de Alexandra y de su propio debilitamiento. Miró el espejo, Alexandra se debatía en una pesadilla, mientras el sudor frío pegaba el camisón a su cuerpo. Sentía como las sábanas y mantas pesaban sobre la pobre muchacha, y de repente sintió el pinchazo de dolor que la despertó. Alejandra estaba de rodillas en el suelo, sujetándose el estómago y gritando de dolor mientras oía el grito de Alexandra a través del espejo. Y entonces lo supo, tenía que desentrañar el secreto del espejo, el secreto que Isabella había ocultado en él, no solo para salvar aAlexandra, sino para salvarse ella también.
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Levantar los párpados le producía dolor, respirar era un sufrimiento. Miró el caldo en la bandeja y se dijo a sí misma que aquello suponía un esfuerzo sobrehumano. Despacio alargó la mano sobre las mantas y acarició el mango del espejo. Ya no se miraba en él, no tenía fuerzas de levantarlo, pero aún le gustaba tenerlo con ella en la cama, rozaba el mango y el reverso, pasaba sus dedos por la plata y seguía el dibujo de los grabados. Alejandra seguía con su dedo el dibujo de los grabados, sentada en el suelo de su estudio, completamente rodeada por montañas de libros y de hojas con información sacada de Internet. Al principio había recurrido a fuentes especializadas, pero a medida que avanzaba en su investigación, empezó a deslazarse de su mente cuadriculada y los libros de orfebrería con los que intentaba datar la plata se convirtieron en libros de alquimia, y había dejado atrás los alfabetos de lenguas muertas para intentar descifrar los grabados en sortilegios y hechizos. Sus ojos se iban cerrando, le podía el cansancio y el debilitamiento, no en la medida en la que Alexandra parecía acercarse a la muerte, pero sin duda en ese camino. Dejó el espejo a un lado y cogió el siguiente libro de la montaña de su derecha, “El poder de los objetos”, no pudo evitar la sonrisa de sarcasmo, hace unos días trataba todo eso con un escepticismo acérrimo, y quien la viera ahora… no pudo ni siquiera empezar a leer, le venció el sueño.
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¿Estaba soñando? Vio a Isabella acercarse a la casucha a orillas del Sena, escondida bajo su manto. La vio hablar con la joven gitana, y vio como de un baúl comenzaba a sacar objetos, un broche, una toquilla, una polvera, un espejo, una pulsera… vio como Isabella elegía el espejo, como pinchaba su dedo y derramaba su sangre sobre la pulida superficie de cristal, finalmente le vio salir, con un pequeño paquete marrón.Vio como al llegar a casa Isabella sacó del paquete el espejo y un libro, la vio recitar  palabras mirándose en él, acariciándolo, la vio pavonearse con su preciado tesoro procurando que Alexandra se fijara en él, la vio envolverlo cuidadosamente el día del cumpleaños de Alexandra y entregarle el precioso regalo con una media sonrisa en la boca. Isabella estaba a los pies de la cama de Alexandra, parecía que rezaba. El sacerdote le aplicaba la extremaunción, su madre y su padrastro miraban como se perdía la menor de sus hijas, cogidos de la mano, llorando el uno en el hombro del otro, una desgarradora escena familiar, y finalmente el ultimo aliento. El doctor, también presente en la habitación utilizó el espejo que estaba entre las mantas para comprobar la respiración de la difunta y certificar la hora de la muerte.
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Alejandra despertó al tiempo que su reflejo en el espejo respiraba por ultima vez. Era consciente de que ese algo que las unía se había intensificado, pero no fue hasta el momento en que intento levantarse que se dio cuenta de que su cuerpo no respondía, sus ojos no se habían abierto al despertar, no podía abrir la boca, y sin embargo era consciente de todo, de las voces a su alrededor, de los sollozos y los lamentos, escuchola palabra coma y no supo reaccionar. Un grito salía de su cabeza, pero era incapaz de transmitirlo:
– no, no soy yo, es Alexandra, sacadme de aquí, de este cuerpo muerto, deesta cárcel, estoy viva, estoy aquí, ¡ayudadme!

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