En el claro de luna

En el claro del bosque, bajo la luz de la luna, al metálico reflejo de la laguna, la anjana surcaba sus cabellos escarlatas con un peinecito de plata” tarareaba la extraña cancioncilla mientras ojeaba los folletos sin terminar de decidirse. Un fin de semana en una casa rural era lo que necesitaba para escapar de la crisis de ansiedad, para escapar de su último tropezón en el trabajo, para escapar de…por dos días, de ella también. Lo había intentado con el deporte y con los spas urbanos y no había funcionado. Iba a huir, una pequeña escapada a ninguna parte, para desconectar. Cantabria, la casa rural de Cantabria sería su destino. Llamó a la agencia y contrató el viaje, ya estaba todo en marcha. Cuatro días para él, dejaría el portátil en casa, dejaría el móvil en casa, y si fuera posible, hasta se dejaría la cabeza en casa. Simpathy for the Devil sonaba a todo volumen en la radio, y aún así él seguía tarareando la sonatina que rumiaba por su cabeza desde hacía varios días. Cuando llegó al pueblecito, después de perderse por las angostas carreteras de la cordillera, el sol estaba despidiéndose de los aldeanos. No sabía cómo había llegado a aquel camino sin asfaltar, intento de carretera, y se asustó un poco cuando se vio casi en medio del bosque, pero al instante vio un reflejo, las luces de otro coche, a las que siguió hasta volver al camino principal. Era una estampa de fotografía y se dijo a sí mismo que había hecho bien con esta escapada, se prometió cuatro felices días de tranquilidad y sosiego y sobre todo de dejar la mente en blanco, con la esperanzadora idea de que la inspiración llegara de repente indicándole el camino a tomar en su vida. La casa rural era una enorme casona de piedra antigua, remodelada, si, pero conservando el encanto. Es el secreto del turismo rural, aunar tradición y modernidad. Al no ser temporada alta, la amable dueña le dio a elegir habitación, y su infantil fascinación por los áticos tomó la palabra. Era una preciosa habitación con las vigas de madera vistas y un enorme ventanal en el techo, que fascinó a Eduardo. Bajó a cenar, y se sintió de nuevo como un niño con toda aquella comida casera sobre la mesa, se sonreía a sí mismo, recordando lo feliz que es uno de pequeño, sin preocupaciones, sin responsabilidades, con los sueños intactos, sin haber chocado contra la crudeza del mundo real todavía. Estaba cansado del viaje, y subió a acostarse pronto, a pesar de que la dueña le invitó insistentemente a acompañarles en el inicio de la velada. Eduardo, tendido en la cama, miraba la luz de la luna que entraba por la ventana, en unos días estaría llena, se la veía tan cerca allí en las montañas, en Madrid casi te la tienes que imaginar entre los edificios y la polución. Sabía que con esa luz no conseguiría dormirse, pero algo le impedía levantarse a bajar la persiana del ventanal, y simplemente se quedó mirando la bella luna, con la mente en blanco, cómo había jurado hacer, hasta que la pesadez fue venciendo a sus párpados que se cerraron para dejarle sumido en un profundo sueño. Despertó sobresaltado y con la sensación de haber dormido demasiado, pero todavía era noche cerrada, la luna a punto de estallar, casi plena seguía entrando a raudales por los cristales y reflejándose sobre su cama. Se levantó para bajar la persiana del ventanal pero al acercarse percibió el cambio de luz de una sombra al cruzar cerca de la ventana, primero pensó en un pájaro, ningún otro animal podría haber trepado hasta allí, pero era grande para ser un ave, se acercó más y levantó, con un nudo en el estómago, el postigo

de la ventana. Asomó la cabeza, pero lo único que acertó a ver fue el prado que rodeaba la casa, y más allá el bosque y las imperiosas montañas. Un punto de luz parecía perderse en la linde del bosque, pero al poco desapareció en la espesura. Sintió el frío de la noche norteña y decidió volver a su cama, bajo las suaves mantas. Al cerrar la ventana y bajar la persiana sintió un escalofrío, y al segundo un extraño grito rompió el silencio, era más agudo que un graznido, no supo identificar de qué animal provendría, y se metió en la cama dándole vueltas a todo eso, pero sobre todo sin poder dejar de pensar en aquel punto de luz que había iluminado la noche cántabra. A la mañana siguiente, cuando bajó a desayunar preguntó a la señora por el extraño ruido de la noche anterior, pues tenía curiosidad por saber de qué animal era. _ “Las anjanas que andan revolucionadas en las vísperas del solsticio…” _”¿Las anjanas, qué son las anjanas?” _ inquirió Eduardo. _”Cuentos de hadas, no le haga caso a mi madre, lo que no pueden explicar lo convierten en mitología” era Francisco quien hablaba, el hijo de la dueña, un joven con la mirada perdida entre la televisión y la playstation. _“Las anjanas son las ninfas de los bosques, son espíritus buenos, que ayudan a los perdidos a encontrar el camino a casa, la noche del solsticio de primavera se juntan para bailar y festejar, y sus cánticos traen el buen tiempo, y buenos augurios”_ respondió dulcemente Aurora, la dueña. “Si, es mitología, pero yo creo en ellas, vienen mucho por aquí ¿sabe?, antes esto era parte del bosque y supongo que lo echan de menos…” Y salió del comedor hacia la cocina tarareando la misma cancioncilla que tararease Eduardo. El tema le había hechizado tanto que dedicó el resto del día a buscar en la biblioteca de la casona libros sobre mitología cántabra y se zambulló en su lectura intentando rescatar todos los temas relacionados con las anjanas. A última hora de la tarde había encontrado un viejo libro que parecía bastante interesante, así que después de cenar volvió a la biblioteca para seguir investigando acerca de esas graciosas haditas buenas. La biblioteca estaba situada en la planta baja y un gran ventanal cubría el lado izquierdo. Permitía durante el día leer con suave luz natural, pero a esas horas era indispensable ya el utilizar las lámparas. Eduardo ensimismado en la lectura del libro sobre las anjanas fue dejando resbalar su cabeza hasta la mesa y se quedó dormido. Le despertó una fuerte luz, y pensó que alguien abría encendido la lámpara del techo, pero el resplandor provenía de la ventana. Algo brillaba con fuerza ahí afuera, algo que le atraía fuertemente. Al irse acercando al ventanal, pudo vislumbrar a través de la luz una naricilla pegada a la ventana, y cuando llegó a la altura del cristal la luz desapareció y pudo ver a una preciosa muchacha, de cabellos rojos y ojos verdes, que reía envuelta en una especie de camisón blanco. Abrió con una lentitud increíble la ventana, como si cualquier movimiento brusco fuera hacerle despertar de ese sueño, porque cuando Eduardo vió dos vítreas alas dibujándose a la espalda de la chica se convenció así mismo de que estaba soñando con el último párrafo del libro que leía justo antes de caer dormido. Ella sonrió y él bizqueó como si no se lo creyese, y entonces ella rió y su risa sonó como el correr de un arroyo, y sin ningún género de duda él supo que era una anjana.

Sin mediar palabra ella tomó su mano y Eduardo la siguió a través del prado en dirección al bosque.

Despertó, y esperaba verse rodeado de la comodidad, si no de la cama, de la tranquila biblioteca, pero estaba tirado en el campo, en la linde del bosque, con las ropas húmedas y rotas y el cuerpo magullado. Intentaba repasar mentalmente la noche anterior porque no quería olvidar nada, el paseo de la mano de la anjana, el sendero por el bosque, los ruidos de la noche, y el claro que reflejaba la luz de la luna dónde más anjanas bailaban y reían y preparaban los grandes festejos del solsticio de primavera. Sin poder dejar de temblar, llevaba haciéndolo desde que atravesó el ventanal y tocó por primera vez a la anjana, sin poder pestañear apenas, mirando fijamente la mano que sujetaba, siguiendo el recorrido de su brazo, parando en su espalda, y en sus alas, brillantes, casi transparentes. Y cada vez que ella volvía su cabeza, su rostro, esos ojos, y esa risa…recordaba como se había sentido. Recordó las risas del resto del grupo, los comentarios casi inaudibles y completamente indescifrables, recordó que se alejaron del claro siguiendo el arroyo, que se zambulleron y nadaron, y el tacto húmedo de su ropa le confirmó que no era un sueño. El frío empezó le atenazó, la rigidez en sus miembros y quiso salir del agua, pero ella no le dejó, seguía nadando, le sujetaba fuertemente la mano, y giraba de vez en cuando la cabeza para asentir mientras le miraba y sonreía, como para reconfortarle, pero el frío hacía mella, y Eduardo solo pensaba en escapar del agua, de ella, del bosque. Ya no recordaba nada más, pero ¿cómo se había roto la ropa, porqué estaba completamente arañado, cómo salió del arroyo, cómo se libro de la anjana?¿ Porqué tenía la sensación de haber escapado de algo horrible, no cuadraba, las anjanas son espíritus buenos, ayudan a los perdidos a encontrar el camino de vuelta, a salir del bosque, porqué ella le adentraba cada vez más en él? Casi arrastrándose llegó a la casona y consiguió pasar sin ser visto, y subir a su habitación, donde se tumbó en la cama arropándose con todas las mantas que pudo encontrar en el armario para intentar paliar el frío que había calado inevitablemente en sus huesos. Pasó el día entre delirios de fiebre y recuerdos cada vez más borrosos de su experiencia en el bosque. A la hora de la cena bajó al comedor, y esta vez la dueña no tuvo que insistir en que les acompañara en la velada, tal era su deseo de no quedarse solo, tal era su miedo a aquel ser. Pero a medida que la noche avanzaba los escasos huéspedes y el personal se fueron despidiendo y repartiéndose por sus habitaciones hasta que de nuevo quedó solo en la sala. Subió a la habitación, la luna era esa noche llena, era la noche del solsticio de primavera. Eduardo bajó la persiana del ventanal, hasta que la habitación quedó completamente a oscuras. Y sin embargo había un punto de luz en la habitación, y un resquicio de luz asomaba por las juntas de la persiana. Con una fe infantil, Eduardo se cubrió la cabeza con las mantas, lo que no viera no podía hacerle daño. A través de la tela fue advirtiendo una luz cada vez más fuerte y mientras agarraba con mas firmeza las mantas la oscuridad cedió a una luz cegadora, y él ya no estaba en su cama.

Descansaba medio adormilado sobre una roca, cerca del arroyo, en un lateral del claro del bosque. Las anjanas bailaban y reían, cantaban y se hacían cosquillas, parecían tan inofensivas…en medio de todas ellas, la ninfa que él había seguido desde la casona, más resplandeciente, más bella, más feliz. Entonces todo el miedo que en él habían despertado sus recuerdos de la noche anterior cesó. Se levantó y caminando al principio, corriendo después llegó juntó a la anjana y se postró a sus pies, llorando. Ella agarró sus manos, con un suave gesto elevó su cabeza y sonrió, y en ese mismo momento su clara risa de arroyo se convirtió en un alarido horrible, sus claros ojos verdes despidieron fuego y su boca se convirtió en un agujero negro.

 

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_ Pobre chico, pobre chico _ repetía la dueña. _ Bañarse, que insensato en esta época del año, el agua está demasiado fría y la corriente es engañosa _ apuntaba el hijo. Habían encontrado el cuerpo en uno de los vados del arroyo, azul de frío. Era evidente que la maleza que bordeaba el pantano había maltratado su cuerpo porque estaba arañado y lleno de moratones.

“En el claro del bosque, bajo la luz de la luna, al metálico reflejo de la laguna, la anjana surcaba sus cabellos escarlatas con un peinecito de plata” canturreaba la dueña, y a pesar de la pena que la muerte del muchacho le producía, sabía que en el solsticio de primavera las anjanas no perdonaban el sacrificio impuesto como castigo por robarles parte del bosque. Y sabía que a pesar de la bondad que se las suponía, una de las peores cosas que podían pasarle a una anjana era enamorarse de un mortal, pues era la ley que éste fuera la víctima de su sacrificio. El solsticio de primavera había pasado un año más. No todos los años había ritual, no siempre las anjanas se enamoraban, no siempre los mortales eran capaces de verlas y aún sin querer, corresponderlas, porque el sacrificio, aunque sin entenderlo, tenía que ser aceptado.