La cama con dosel

Entró en la casa. Estaba todo cubierto de polvo, hacía siglos que nadie pasaba por allí. Pensó que tendría que emplearse a fondo para dejar todo aquel desastre recogido antes de que llegase Iñaki.

Cuando decidieron irse a vivir juntos, fue ella la que dijo que no quería un piso a estrenar, que quería una casa vieja, con todas sus consecuencias. Al fin y al cabo le encantaba comprarse ropa de segunda mano sólo por poder imaginar las historias de la gente que la había llevado antes que ella. Iñaki acabó cediendo si, para cuando él llegase a la casa, ésta no parecía sacada de una película de terror de serie B.
Así que se acercó al pueblo a comprar todo un equipo de limpieza. El pueblo estaba a un kilómetro más o menos y había perdido todo su encanto, gracias a los milagros del turismo, en favor de los supermercados y las tiendas de souvenirs. Aún así se distinguía a los parroquianos de los foráneos por el aire de misterio que marca a la gente de pueblo, que saben todo de todos, pasados, presentes y según creía Sara, algunos futuros.
En el supermercado, mientras la cajera pasaba los artículos por el escáner la sometió a un tercer grado digno de la GESTAPO. Bueno, no podía esperar otra cosa, era nueva allí y no era temporada turística:
– Se rumorea que ha comprado la casona de las afueras, ¿es cierto?
– aha…
– ¿Y piensa vivir allí sóla?
– No, mi novio viene dentro de una semana. Gracias.

Pensó en cortar la conversación antes de que su subconsciente la jugase una mala pasada y terminase contestando una bordería ante la curiosidad de la cajera. Surtió efecto. Subió al coche y volvió a casa. Colocó todas las compras en la cocina. Estaba cansada por el viaje, y pensar en todo lo que necesitaba la casa había acabado por agotarla. Subió y se echó sobre la antigua cama con dosel.

Cuando despertó tenía todas las sábanas pegadas al cuerpo, en la habitación hacía un calor pegajoso y Sara anotó mentalmente “revisar la caldera”. Se sentía más cansada que cuando se acostó y tenía todo el cuerpo extrañamente dolorido, seguro que estaba incubando algún virus, en ese pueblo hacía un frío del demonio, pero la casa parecía empeñarse en mantener una temperatura sofocante. Caldera vieja, termostato viejo, calefacción rota- se dijo- pero definitivamente esto es cosa de Iñaki. No pensaba ponerse a jugar con la instalación.

Bajó a la cocina y comenzó a colocar todos los paquetes que había traído, era una cocina enorme y no sabía muy bien como organizar todos los armarios y estanterías. La verdad es que era una casa enorme, quizás demasiado grande para dos, no es que Sara estuviera pensando en ampliar la familia, no todavía desde luego, al fin y al cabo ellos mismos eran unos críos, o más bien se comportaban como tales. La primera vez que le enseñó la casa a Iñaki él la miró y sonrió –perfecta para jugar al escondite- y la besó, cerró los ojos y empezó a contar en voz alta hasta cien, recorrieron todas las habitaciones jugando e hicieron el amor en todas ellas también.

Llevaba ya un rato mirando fijamente una de las estanterías cuando la sobresaltó el timbre. Rezongando se acercó a la puerta, no le apetecía atender a ninguna visita, y además quién demonios podía ser…

Tres largas horas y media después la señora Mendieta cruzaba de nuevo la puerta:

–       No hace falta que se preocupe, en unos días llegará Iñaki, de verdad, estoy bastante acostumbrada a estar sola, pero muchas gracias por su visita, señora Mendieta

–       Mi niña, yo solo digo que no es buena idea, estos jóvenes de hoy…

Si me dieran un euro por cada una de las veces que he escuchado esa frase, pensó Sara. Tenía que volver a las estanterías y se puso, por fin, manos a la obra, hasta que la cocina no hubo quedado recogida y limpia como una patena no subió a acostarse.

Tumbada en la cama el sueño no llegaba, la siesta había sido demasiado larga. No, no era la siesta, era ese temor infantil al dormir en un sitio nuevo, Sara no sentía que estuviera sola. En un impulso cogió el móvil para llamar a Iñaki, pero luego desechó la idea, no iba a despertarle por una niñería. Los cuentos de vieja de la Señora Mendieta la habían sacado de quicio. Sin saberlo se habían metido en una casa encantada, y una carcajada salió desde el fondo de su garganta, cómo iba a reírse Iñaki cuando se lo contase. Se relajo, y por fin, poco a poco fue ganándole la partida al insomnio.

En unos días el cansancio se había apoderado de ella, no dormía bien, no comía mucho y la costaba un enorme sacrificio el simple hecho de levantar un brazo. Es verdad que estaba trabajando mucho en la casa, pero tenía que ser algo más, seguramente algo de anemia. Decidió que al día siguiente iría al médico para que le recetasen unas vitaminas porque Iñaki estaba a punto de llegar y no quería la  viese con esa mala cara. Pero no hubo otro día.

****************************************************

Tras el funeral Iñaki no volvió a la casa, ni siquiera a recoger las cosas que Sara había dejado, de eso se encargó su familia, y la casa permaneció vacía, volvió a acumular polvo y poco a poco, mientras el recuerdo de la breve estancia de la última propietaria se iba diluyendo, desaparecieron los curiosos y las noticias y sólo quedaron las habladurías de pueblo.´

No sabía cuanto tiempo llevaba mirando la carta, la releyó mil veces: Enhorabuena, el pago de la hipoteca ha finalizado, la casa es oficialmente suya. Habían pasado trece años y aunque mensualmente una cantidad desaparecía de su cuenta, Iñaki nunca había vuelto a pensar en aquel lugar, aquel que iba a ser su hogar junto a Sara, en aquellos sueños que se rompieron a los 22 años. Durante todo este tiempo había aprendido a olvidar y había llenado su cabeza de experiencias, de viajes, de cursos, para sacar a Sara y todo lo sucedido, de ella, y lo había conseguido, hasta ese mismo momento en que abrió la carta de su administrador.

Seguía mirando las letras escritas sin terminar de encontrarles un sentido y decidió coger el coche e ir a buscarlo. En unas horas estaba en la puerta de la casa.

La decadencia en la que había caído el lugar lo dejó impresionado, no se veía capaz de traspasar el umbral, sus pies clavados al suelo mientras observaba como el polvo cubría todo el recibidor, se imaginaba el resto de estancias, la cocina, el salón, y la habitación el la que Sara había dormido. Sacudió la cabeza borrando de su mente ese pensamiento y se adentró despacio, mirándose los pies, como si cada paso supusiera un esfuerzo que requiriese toda su concentración. Llegó a la cocina y se sentó, con la cabeza entre las manos, dios! Cómo le dolía la cabeza. Se recostó sobre la mesa y se quedó dormido.

Al despertarse la misma sensación de calor sofocante, la misma sensación de no estar solo, de sentirse observado, de haberse sentido observado mientras dormía, es más, estaba seguro que alguien había espiado en sus sueños.  Se levantó y comenzó una inspección por la casa, la recorrió entera, y se sorprendió al pensar que en algunas de las habitaciones daba la impresión de estar viviendo alguien. El grosor del polvo no era el mismo y algunos muebles estaban destapados. Sonrió al pensar en las fiestas de adolescentes, en las noches románticas o en las apuestas cruzadas de algunos jóvenes explicándose así el estado de la casa. Mentalmente iba echando cuentas de todo lo que necesitaría para comprarlo al bajar al pueblo, esa sensación de nudo en el estómago no se había ido y no pensaba volver hasta que desapareciese, en su cabeza, la idea de que no había llorado a Sara lo bastante daba vueltas e iba a saldar su cuenta con el pasado, costase lo que costase, para poder dormir en paz.

Esa primera noche no lo consiguió, daba vueltas en la cama, se despertaba cada media hora, el sudor frío, el agobio de las mantas, el peso de todos sus pensamientos ahogándole contra la almohada. La segunda noche, en cambió durmió de un tirón. ¿El cansancio de la noche anterior? No, más bien las ganas de no despertar de un sueño:

Caminaba por pasillos de antigua piedra y estancias de mármol, atravesaba paredes cubiertas de lujosos tapices y techos abovedados iluminados con arañas en las que las velas parecían no consumirse. A su alrededor encajes y satenes, plata y oro, una pompa que le incomodaba a pesar de que los viejos retratos colgados le hacían sentir en el estómago una extraña sensación de familiaridad que le producía espasmos en la espina dorsal. Apartó unos pesados cortinajes de puro terciopelo y salió al balcón justo para ver salir por el umbral la figura de una mujer envuelta en una capa. Su perfil aristocrático y sus finas manos blancas resplandecían con una luz que no se hubiera atrevido a jurar que venía de la luna. No pudo apartar los ojos de ella mientras se alejaba por el paseo y cuando había andado unos cien metros se paró en seco, tras unos segundos de duda siguió su camino, pero a los tres pasos volvió a detenerse, la sensación de que a sus espaldas estaba su destino era más fuerte que ella y él seguía sin apartar sus ojos de su figura, dibujando su espalda bajo la capa. Un giro de su pequeña cintura, dos segundos y ambos estuvieron perdidos, aunque no podría decir quien perdió más.

Seguía perdido en el sueño, esperando en el balcón, no se había movido desde que ella se giró y luego salió corriendo, estaba convencido que tenía que volver, que volvería y él debía esperarle allí, y a medida que pasaban las horas, y la noche comenzaba a clarear le invadió el sueño, pero no podía moverse, no debía, así que el sueño le venció allí mismo, de pie, y cuando despertó lo hizo en la cama con dosel de la vieja casa.

Al darse cuenta de dónde estaba se enfadó consigo mismo, tenía que volver a dormirse, ella volvería y él tenía que estar en ese balcón, lo intentó pero fue inútil, pensó en tomarse alguna pastilla, pero no tenía nada que pudiera ayudarle y la conciencia había vuelto completamente, pero la chica de la capa no desaparecía de su cabeza. No lo hizo en todo el día.

Finalmente tomo la determinación de levantarse de  la cama, el sueño le había abandonado completamente. Bajó al pueblo a desayunar y hacer unas compras, cosas para la casa, comida, productos de limpieza, menaje, la verdad es que hacía falta de todo. Antes de volver a subir con toda la carga entró en una farmacia y pidió una caja de Orfidal. Esta noche el sueño vendría, de una u otra manera.

Allí estaba, de nuevo al pie del balcón, agarraba la baranda con todas sus fuerzas como si quisiera arrancar la piedra. De repente hacía más frío de lo normal y se le erizó el vello. Un frufrú de seda y cancanes se acercó y una helada mano se posó sobre la suya que se relajó al instante. Era ella. Sus primeras palabras fueron todo un testamento: “Te quiero desde ayer”, las de él ganaron la partida: “Te quiero desde siempre”.

No sabían porqué estaban conectados pero lo estaban, demasiadas cosas les separaban y aún así nada importaba. Ella le condujo de vuelta al castillo, por pasajes y salones hasta que llegaron a una puerta disimulada por el dibujo de la pared, sacó una pequeña llave de la manga de su vestido y abrió la puerta. Al entrar en el dormitorio Iñaki vio la misma cama con dosel en la que dormía. Ella le miraba como esperando una reacción, la de Iñaki fue besarla. Y sintió que aunque dormiría allí muchas veces jamás volvería a despertar en su vieja casa: “Elena” murmuró y se acercaron a la cama despacio y se perdieron en ella.

­­­­­­­­­­­­­­­­­­­­­­­­­­

********************************************************************

Todo había cambiado, ya no era Iñaki, el asesor inmobiliario que había perdido a su gran amor hacía años. Ahora era Ignacio de Monformoso, Conde al parecer, y amaba a Elena con todas sus fuerzas. Elena era una incógnita, ella aparecía y desaparecía a su antojo, no sabía más de ella que su nombre, y que había aparecido en palacio una noche de baile y desde entonces aparecía siempre que él pensaba en ella, bueno para ser exactos, solamente siempre que lo hacía de noche. Las noches eran de los dos. Elena le contaba historias inventadas sobre otros tiempos y lugares, desde la Rusia de los zares a Venecia, Viena, la corte francesa… Ignacio sabía que eran cuentos porque era imposible que Elena hubiera vivido tanto, con esa inocente cara de ángel y ese brillo de debutante en los ojos.

Durante las primeras noches Ignacio le hacía miles de preguntas que ella contestaba con una sonrisa y un beso, una vez Elena le contó que ella había nacido en París, y que como a tantas otras hijas de la alta sociedad su madre le había metido en un convento hasta el momento exacto de meterla en la cama de su marido de conveniencia. Salió de allí a los dieciséis con el destino marcado. “Pero yo era muy rebelde” decía entre risas “las monjas no podían conmigo, y tampoco iba a hacerlo mi madre, así que antes de mi matrimonio me colé en unas cuantas fiestas de sociedad con una amiga que también acababa de salir del convento y en una de ellas me perdí y volví a nacer” y entonces se quedaba callada. Ignacio nunca pudo sacarle más de aquella noche. Pero le parecía curioso cuando menos que hubiera transcurrido tan poco tiempo, al parecer, desde aquello ya que ella hablaba como si los siglos hubieran pasado borrando los recuerdos. Ignacio supuso que aquella noche había conocido a su primer amor, algún joven militar y que habían huido juntos y que al final él se había cansado y la había abandonado, y le maldecía por el daño que podría haberla hecho y se juraba a sí mismo que si algún día lo encontraba lo mataría por el honor de Elena. Sin embargo nunca le contó esto a Elena porque la manera en la que ella perdía su mirada en el infinito y se cerraba en banda a hablar más de todo aquello le hacía suponer que aún existía cierta conexión entre ellos, y a pesar de la punzada de celos, Elena era suya ahora y no la dejaría escapar.

Aunque siempre lo hacía, al amanecer, Elena nunca estaba allí, y a veces también se escapaba de su lecho durante la noche. Cierta noche en que Ignacio notó una de esas ausencias le esperó despierto y cuando llegó le acribilló a preguntas que ella no podía contestar. Las lágrimas brotaron de los ojos de Elena, se acurrucó sollozando en un rincón y no paraba de susurrar: “no preguntes, no preguntes, no preguntes, no preguntes” cuando Ignacio se dio cuenta del estado al que sus gritos habían llevado a Elena se quedó mudo. Tras un silencio de esos interminables Elena se irguió y se acercó al borde de la cama dónde se había sentado él. “Nunca preguntes, tienes que dejarme guardar mis secretos, no podrías ayudarme y solo te harían daño, soy tuya todas las noches, te quiero, pero no puedo darte más, no me pidas explicaciones, no me pidas mis días, no intentes seguirme cuando desaparezco, para nosotros este cuarto es el mundo, tu y yo somos el mundo, ¿qué más necesitas?”. Ignacio pensó que después de la discusión Elena le regalaría una de sus mañanas, pero lo que había dicho era muy cierto, no podía pedirle más. Sin embargo cierta inquietud se quedó grabado en su subconsciente, y aunque dormida por ahora, Ignacio sabía que despertaría.

Durante el día Ignacio dormía y soñaba con Elena, era su forma de tenerla en esos momentos del día, pero cuando no lo hacía, montaba a caballo, cazaba, se ocupaba de la administración de sus propiedades, no paraba ni un segundo para mantenerla lejos de su cabeza, era una obsesión, y cada día se hacía más insistente la necesidad de saberlo todo sobre ella, de seguirla, de poseerla del todo, toda ella, todo lo suyo, incluidos sus secretos. Ignacio tenía su propia historia para Elena, cuando aquel militar la abandonó y a pesar de su alta cuna, Elena había entrado al servicio de alguna casa, y que por ello estaba ocupada de día, y que se avergonzaba de su situación y por eso no le permitía saber más de ella. Pero eso no explicaba sus ausencias por las noches…

Así que cambió de táctica, pensó que si ella sabía todo sobre él acabaría por contarle todo sobre ella. Qué poco sabía de la naturaleza femenina…

Ignacio le hablaba de la ilustre familia Monformoso, de su ascendencia, de sus relaciones con la corona y con otros nobles, largas ramas genealógicas que Elena escuchaba con interés y a veces asentía y sonreía como si ya conociera la historia, o mejor, alguna parte de la historia que Ignacio desconocía. Las sonrisas desaparecieron cuando Ignacio empezó a hablar sobre él, sobre su infancia, su adolescencia, sus años de colegial con los curas y su adiestramiento al servicio de su majestad. Cada noche una anécdota, una historia, un momento de su vida, la muerte de sus padres. Elena le miraba y le abrazaba, lloraba con él y reía a carcajada limpia, pero nunca le interrumpió para contarle algo más sobre ella. Era como una Sherezade al revés, y el Sultán nunca terminaba de dar su veredicto e Ignacio se sentía cada vez más preso en ella.

Ignacio volvía a desesperarse al ver que no había nada que pudiera hacer. Intentó, con toda su alma, con todo su amor por ella respetar lo que Elena le había pedido, pero era imposible. Se consumía por la duda, y entonces comenzaron los celos. A pesar de lo que le había dicho una noche se decidió a seguirla, era extraño, Elena recorría el palacio como si lo conociera de toda la vida, sus recovecos y habitaciones ocultas, sus pasillos y pasadizos, y bajó a las cocinas y a las estancias del servicio (esto confirmaba lo que Ignacio había pensado de ella). La vio hablar con uno de ellos, la vio salir con él a las caballerizas y entonces no quiso ver más. Volvió a su cuarto y lo cerró con llave, no quería saber nada más, Elena se estaba burlando de él, jugaba con él.

Llamaron a la puerta, la aporrearon, era Elena, llorando, gritando: “déjame pasar, déjame pasar y te lo explicaré todo, no quería que fuera así pero si es la única forma de no perderte te contaré la verdad”. Ignacio creía que ya sabía la verdad y por eso los ruego de Elena cayeron en saco roto. La oyó bajar las escaleras y abrió la puerta, pero ella no volvió a subir.

A la mañana siguiente Elena no había huido, pero tampoco estaba allí. Tampoco estaba Ignacio. En la base de las escaleras encontraron una nota junto a un extraño montón de cenizas, y arriba…

Algo resbalaba por la escalera de mármol, la pequeña gota iba ganando terreno escalón a escalón, yo observaba su lento derroche y esperaba pacientemente que llegase hasta mí. Necesitaba sentir el contacto, su tacto, su densidad, su brillante color, pero sobre todo el calor que debía desprender, ese gusto cálido que me hacía estremecer y ponía en guardia cada poro de mi piel, despertando mis sentidos a aquella vida que iba robando. A él nunca quise robársela, nunca vi con sus ojos, prefería que él me lo contase, describía cada momento de su vida como si volviera a estar allí, me hablaba como si me estuviera descubriendo el mundo, y yo se lo agradecía con una mirada de admiración y unas lágrimas contenidas.

Nuestros besos nunca fueron amargos y de nuestras dulces caricias aprendíamos todo el uno del otro. Por supuesto yo necesitaba más, pero nunca lo tomé de él, siempre habría otros que merecieran mi odio, solo para él guardaba mis restos de humanidad.

Y ahora él descansaba arriba y yo esperaba abajo, ya nunca sería para mí, no iba a ser egoísta. Aquí está, su primera gota de sangre, la primera que salió de su cuerpo, la primera que me llega a mí y ha sido él mismo el que me la ha regalado, pero no la quiero, para mí el nunca fue eso y nunca supo entenderlo, que a él lo amaba y los demás simplemente eran comida. Por eso se ha cortado las venas y me ha regalado el descanso de dejar de seguir luchando contra mis instintos. Nunca volveré a cometer este error, nunca me enamorare de nuevo, nunca de una presa.

**********************************************************************

En el pueblo nadie se extrañó de una nueva muerte en la casa y aunque para los lugareños no fue nada inexplicable, la policía nunca pudo saber dónde estaba toda la sangre de aquel pobre muchacho.

Creative Commons License
Esta obra está bajo una licencia de Creative Commons.

¿Y tú qué opinas?

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s